Una mañana, sin embargo, al despertarnos, un profundo silencio se encargó de anunciarnos que también él se había marchado. Desde la ventana de este cuarto, contemplamos las huellas de su paso: pizarras y maderas arrancadas, postes caídos, ramas quebradas, bancales y sembrados y muros arrasados. Aquella vez, el viento había sido más feroz que de costumbre. Por el barranco abajo, se había embravecido y numerosos chopos yacían en el suelo o se inclinaban sobre él con las raíces asomando y la tierra de sus bases removida. Antes de irse, el vendaval se había reagrupado entre las casas. Como una bestia herida, se había atormentado y sacudido y, ahora, una insólita siembra de pájaros y hojas se esparcía por el pueblo como despojos inocentes de una cruel y vandálica batalla. Las hojas se amontonaban en espirales junto a las tapias. Los pájaros yacían entre ellas después de que el viento les arrastrara con violencia contra los árboles y los cristales de las casas. Algunos, colgaban todavía de los aleros y las ramas. Otros, aleteaban torpemente agonizando todavía en medio de la calle. Durante toda la mañana, Sabina anduvo recogiéndolos con la varilla rota de un paraguas. Después, hizo una hoguera en el corral de Casa Lauro y, ante la decepcionada mirada de la perra y de mí mismo, los roció con aceite y prendió fuego al botín que el vendaval en su huida, había abandonado.
Pronto llegó noviembre con su pálido aliento de lunas y hojas muertas. Los días fueron haciéndose más cortos cada vez y las interminables noches junto a la chimenea comenzaron a sumirnos poco a poco en un profundo tedio, en una pétrea y desolada indiferencia contra la que las palabras se deshacían como arena y en la que los recuerdos daban paso casi siempre a inmensas extensiones de sombra y de silencio. Antes, cuando aún estaban Julio y su familia (y, antes aún, cuando Tomás todavía no había muerto y sostenía tenazmente en solitario la vieja casa y la memoria de Gavín), nos reuníamos todos en una de las casas, junto a la chimenea, y, allí, durante largas horas, mientras la nieve y la ventisca gemían en lo alto del tejado, pasábamos las noches del invierno contándonos historias y recordando personas y sucesos, casi siempre de otro tiempo. El fuego, entonces, nos unía más que la amistad y que la sangre. Las palabras servían, como siempre, para ahuyentar el frío y la tristeza del invierno. Ahora, en cambio, a Sabina y a mí, el fuego y las palabras nos volvían más distantes, los recuerdos nos hacían cada vez más silenciosos y lejanos. Y, así, cuando llegó la nieve, la nieve estaba ya, desde hacía mucho tiempo, en nuestros propios corazones.
Fue un día de diciembre, vísperas de Navidad, la primera desde que los dos estábamos ya solos en Ainielle y, por ello, la que ambos más temíamos. Aquel día, yo había subido muy temprano hasta las bordas de Escartín con la escopeta. El jabalí había estado hozando por los huertos, buscando bajo el hielo la raíz de la patata junto a las mismas tapias de las casas, y, en la mañana, un oscuro reguero de tierra removida denunciaba su visita nocturna y clandestina. La perra tardó mucho, sin embargo, en encontrar su rastro. Aún era cachorra y se perdía cada poco entre los árboles corriendo tras el vuelo de algún pájaro. Una gélida brisa, tocada ya por la mano invisible de la nieve, llegaba, además, desde los puertos, confundiendo los olores del monte y sus mensajes. Por fin, al mediodía, cuando empezaba ya a desesperar de encontrar a nuestro visitante de la noche, le vi, a lo lejos, aparecer entre unos matorrales, atravesar el arroyo de La Yosa chapoteando sobre el fango y empezar a subir por la ladera justo en la dirección en la que yo estaba esperándolo. Hice un gesto a la perra para que se quedara quieta y en silencio donde estaba y me tumbé detrás de una pared con la escopeta preparada y el cuchillo a mano. El jabalí venía subiendo por la cuesta con paso lento y confiado. Hinchado por el peso de su atracón nocturno, acostumbrado ya a la tranquilidad y el abandono en que la despoblación de las aldeas del contorno había sumido últimamente aquellos bosques y barrancos, caminaba entre los robles con la seguridad y la confianza de quien había empezado ya a creerse su único dueño y habitante. La posta le reventó el ojo derecho, le lanzó a más de un metro de distancia y le dejó revolcándose en el suelo, gruñendo de dolor y de sorpresa. Aún tuve, sin embargo, que meterle otros dos tiros, uno en el vientre y otro en la garganta, antes de aproximarme a él para cortar su áspera agonía de una honda y sostenida puñalada.
("La lluvia amarilla")

Escribe un comentario