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La Coctelera

H.E.O. (Habitando El Olvido)

Hay un tiempo y un espacio, recuerdos, historias... habitando el olvido se conquistan todas las derrotas, todas las gotas de lluvia... ya no necesitas ruta.

15 Febrero 2007

Devorado por el musgo y por los pájaros (Julio Llamazares)

La herrumbre del cerrojo, al rechinar bajo el empuje de una mano, bastará para romper el equilibrio de la noche y sus profundas bolsas de silencio. Como asustado de sí mismo, el quese atreva a hacerlo regresará sobresus pasos y el grupo entero se quedará paralizado, inmóvil, en silencio, escuchando la angustiosa sucesión del eco por el pueblo. Por un instante, pensarán que aquellos golpes nunca más van a volver a detenerse. Por un instante, llegarán a temer que Ainielle entero se despierte de su sueño -después de tanto tiempo- y los fantasmas de sus antiguos habitantes aparezcan de repente a la puerta de sus casas nuevamente. Pero pasarán los segundos, lentos, interminables, y ni siquiera en esta casa, en la que tal aparición sería esperada, ocurrirá absolutamente nada extraño. El silencio y la noche volverán otra vez a adueñarse del pueblo y el resplandor de las linternas se estrellarácontra la puerta nuevamente sin encontrar el brillo acorralado de mis ojos frente a ellas.

Pero los hombres sabrán ya que no puedo andar muy lejos. Se lo dirá el murmullo negro del reguero y la sombra del nogal en la fachada. Se lo dirá la perfección de la noche detrás de las ventanas. Quizá creerán que, al verles acercarse por el monte, me he encerrado con llave en el rincón más oculto e inaccesible de la casa. O quizá no. Quizá sospecharán, por el contrario, que, sabiendo que éste sería el primer sitio al que vendrían a buscarme, me he escondido en el monte o entre las sombras y ruinas de otra casa desde la que, a lo peor, puedo estarles espiando en ese instante por la espalda. En cualquier caso, de lo que todos estarán también ya convencidos es de que yo jamás saldré de mi agujero mientras ellos permanezcan en el pueblo. Y también, de que, si logran encontrarme, les ofreceré más resistencia de la que, sin duda alguna, ya esperaban.

Sin embargo, no tendrán otra elección. Cuando vengan a Ainielle, será para encontrarme. Cuando lleguen ahí, enfrente de esta casa, ni siquiera contarán con la ayuda de una noche que avanzará en contra de ellos mientras, en las cocinas de Berbusa, sus mujeres y sus hijos continuen esperando, impacientes, su regreso. Así que, más tarde o más temprano, alguno de los hombres romperá la indecisión de los demás y, empuñando su escopeta, se acercará con decisión hasta la puerta. Alguien le alumbrará con su linterna mientras él encañona el cerrojo desde cerca. Hará, tal vez, un gesto a los demás para indicarles que se alejen. Pero no les dará tiempo. El estampido será tan contundente, tan brutal, que les detendrá a todos en seco en mitad del movimiento.

Cuando consigan reaccionar, la onda del disparo habrá empezado ya a desvanecerse. Un olor penetrante invadirá la cale y una nube de humo se deshará en la noche por encima de los árboles del huerto. Temerosos, los hombres empezarán a aproximarse muy despacio hacia la puerta. La cerradura habrá saltado como una astilla seca y un pequeño empujón será ya suficiente para ofrecer entera la boca del pasillo a las linternas. Atropelladamente, con la respiración entrecortada y el pulso a punto de rompérseles, registrarán una por una las habitaciones de bajo y la despensa, la tibia -todavía- soledad de la cocina, los rincones subterráneos y sin luz de la bodega. A partir de ese instante, todo sucederá ya con rapidez de vértigo. A partir de ese instante (y horas después al tratar de recordar, para contar, los hechos), ninguno de ellos podrá saber ya exactamente de qué modo la sospecha dejó paso a la certeza. Porque, cuando el primero de ellos comience a subir las escaleras, todos sabrán ya seguramente lo que, aquí, les esperaba desde hacía mucho tiempo. Un frío repentino e inexplicable se lo anticipará. Un ruido de alas negras batirá las paredes advirtiéndoselo. Por eso, nadie gritará aterrado. Por eso, nadie iniciará el gesto de la cruz o el de la repugnancia cuando, tras esa puerta, las linternas me descubran al fin encima de la cama, vestido todavía, mirándoles de frente, devorado por el musgo y por los pájaros.

("La lluvia amarilla")

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Basilio Pozo Durán, kinburger2002@yahoo.es 22 años, Granada (España) Sagitario, signo de Júpiter: idealista, exagerado, simpático, ingenuo, religioso y filosófico.

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