No les será, por tanto, nada fácil reconocer la casa. Sobre la imprecisión de los recuerdos, la ruina y la noche aumentarán aún más el desconcierto de sus ojos. Quizás alguno piense que lo mejor sería llamarme, romper la espesa niebla del silencio y dejar que sea la voz la que me busque tras tanta puerta abierta, tras tanto cristal roto, tras tanta densasombra en cuya negación hundirá su memoria, igual que ahora, la negación indescifrable de la noche. Pero la sola idea bastará para asustarles. Gritar ahí fuera sería como hacerlo en mitad de un cementerio. Gritar ahí fueraúnicamente serviría para turbar el equilibrio de la noche y el sueño vigilante de los muertos.
Decidirán, por ello, continuar mi búsqueda en silencio. Recorrerán el pueblo muy cerca unos de otros, siguiendo a las linternas y dejando que el instinto suplante a los recuerdos allí donde éstos se muestren impotentes. Vagarán por las calles y los patios, aún sobre sus pasos, hasta que, al fin, después de muchas vueltas, después de múltiples paradas y rodeos, el murmullo de la fuente surja de entre las sombras a su encuentro. La encontrarán ahí, bajo un bosque de ortigas, cuajada de tristeza y lamas negras. La iglesia tardarán, sin embargo, bastante más en verla. La tendrán ya frente a ellos, justo al lado de la fuente, pero la luz de las linternas no la descubrirá hasta que una cruz de hierro la atraviese de repente. Y, entonces, sobrecogidos, casi sin ánimo para acercarse a ella, contemplarán de lejos el pórtico invadido de zarzales, las maderas podridas, el tejado vencido y el sólido bastión de la espadaña que todavía se yergue sobre la destrucción y la ruina de la iglesia como un árbol de piedra, como un cíclope ciego cuya única razón de pervivencia fuese mostrarle al cielo la sinrazón de un ojo ya vacío. Pero que, a ellos, les servirá esa noche para orientarse definitiva y finalmente en su peregrinaje atormentado por Ainielle.
Aún se detendrán, quizá, confundidos un instante, ante la casa de Bescós, detrás de las ruinas de la iglesia. Pero la podredumbre del tejado y el borbotón de hiedra que borra sus ventanas y sus puertas les llevarán muy pronto la certeza de que allí no vive nadie desde hace mucho tiempo. Ésta está ya a su lado, cerrando frente a ella la calleja, entre la sombra del nogal y el contorno cada vez más impreciso de la huerta. La alta hierba se cuelga sobre sus tapias, y el reguero de la fuente, libre ya por el medio de la calle, sin nadie que se ocupe de encauzarlo hacia la presa, penetra entre losárboles corrompiendo sus troncos y llenándoles de musgo. Agolpados ahí enfrente, los hombres rastrearán con sus linternas la penumbra del portal y de la cuadra, las ruinas del viejo cobertizo, el compacto hermetismo de la casa detrás de sus ventanas y sus puertas. Probablemente, en unprimer instante, la creerán también abandonada. La hiedra y el olvido se agolpan sobre ella lo mismo que en el resto de las casas y nada, ni siquiera el fulgor instintivo de un recuerdo, podría hacerles pensar que están ante la casa que buscaban. Será el silencio -este silencio espeso que inunda cada pieza y cada cuarto como una baba negra- el que lleve a los hombres, primero, la sospecha y, luego, la certeza de que se encuentran ya ante la misma puerta por la que algunos de ellos sacaron la caja con el cuerpo de Sabina cuando en Ainielle no quedaba nadie ya que pudiera ayudarme a trasladarla al cementerio.
("La lluvia amarilla")

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