En lo mejor del sueño.
Y amanecer en lunes y ver que ya no queda nadie. Nadie por aquí: ni una tarde de sol, ni un brindis por tu cumpleaños, ni la tarta caducada del congelador. No queda nadie. Hasta los niños se esconden de la risa y las amapolas destiñen unos coloraos de miedo por las cornisas. No saber más que contar de uno en uno y caer de mil en mil. Contra la turbadora corriente fugitiva del porvenir no basta con vestir de dioses las preguntas. Es entonces cuando se vuelve necesario, más que nunca, desnudar los rincones y arrancar las cortinas, y caminar por un fino hilo sin norte ni salida. Porque sí, porque me agota la urgente carrera a ningún sitio, porque se van tapando con cemento los horizontes y nos cortan la imaginación, los gritos... los puños abiertos. Porque se empeñan en despertarnos con las cenizas del día en lo mejor del sueño.
(Hoy tuve un día monótono como un grifo).
